Hombre a la mar
Civilizaciones marinas en la costa peruana
Costa central del Perú, doce mil años atrás
Al amanecer, una densa bruma cubre el paisaje alrededor de las lomas que cada año se forman en las últimas estribaciones de los Andes, muy cerca del litoral. Conforme avanza la mañana, una alfombra verde aparece en el horizonte tapizando los cerros vecinos. Una pareja de puco pucos lanza su canto melodioso desde el arenal, señal de que el día está por comenzar. Protegidos de la noche en una cueva, un grupo de humanos vestidos con pieles de guanaco se desperezan y gruñen frases ininteligibles. Desperdigados en el suelo, hay restos de un venado gris, devorado la noche anterior, conchas anaranjadas formando pequeños montículos y troncos humeantes de la fogata con la que han cocido sus alimentos y, acaso, alumbrado sus largas noches. Llegaron hace pocos días desde las alturas, después de que las tarucas, vizcachas y paleolamas partieran con la estación seca en busca de pasturas; hubo mucho que caminar, pero el hambre es el mejor motor para la banda. Saben que en medio de la aridez del desierto encontrarán estas fiestas de vida que les permitirán alimentarse y vivir hasta la llegada de las lluvias en los Andes. Además, está esa enorme extensión de agua fría y salada, donde hace poco descubrieron que había abundante comida pegada en las rocas, bajo la arena y en las aguas someras. Solo hay que calentarlas un poco y la carne tierna aparece de entre las fuertes fauces de las conchas. Es más, desde hace dos temporadas, prefieren pasar más tiempo en el agua, y comer a medio camino de la loma donde pasan la noche, que andar tras los venados y roedores que a veces huyen y los dejan hambrientos. Algunos miembros no quieren regresar a las tierras altas y parece que están pensando quedarse a vivir aquí, en medio del desierto.
Diversas teorías han sido expuestas sobre el origen del hombre costeño, la más aceptada habla de cazadores superiores, los llamados hombres de Lauricocha, que habitaron los Andes centrales hace más de diez mil años, en la transición del Holoceno, y migraban hacia la costa durante la estación seca en los Andes. Buscaban refugio y alimento en las lomas costeras, que cubrían gran parte de los cerros que miran al litoral. Hermann Buse de la Guerra, en su Historia Marítima del Perú afirma que: “hay elementos coetáneos, en la sierra y frente al mar, en el nivel de los Lauricochas que, como se ha visto, corresponden al 8.000 a.C. ”. Buse llama a estos campamentos “estaciones invernales” y señala que estos primeros hombres establecidos en las lomas costeras se dedicaban a cazar: “venados y guanacos, recogían caracoles, babosas, moluscos de tierra y recolectaban semillas y frutos silvestres”.
A través de las lomas costeras, el hombre primitivo pudo acercarse por primera vez al mar, sin saber que este contacto lejano cambiaría para siempre su destino. Buse continúa diciendo: “los hombres iban al mar, pues recogían conchas y choros, pero no los comían allí, en la orilla, sino que regresaban a sus campamentos de la loma, donde estaba la vivienda, sobre todo el fogón, y allí, los devoraban, arrojando naturalmente los residuos cerca de la casa.”
La recolección y análisis de los desechos domésticos cerca de los campamentos del hombre prehistórico ha permitido a los científicos determinar la existencia de los primeros grupos humanos en el territorio costero. Los llamados conchales, muy abundantes a lo largo de todo el litoral, son el mejor testimonio de las primeras aventuras marinas de los hombres peruanos. El científico alemán Max Uhle escribió en 1906 un breve artículo sobre estas formaciones llamado Los kjoekkenmöeddings del Perú, donde realiza una primera interpretación sobre los conchales. Anotamos que esta larga -y casi impronunciable- palabra quiere decir conchal en danés, término al que los ingleses se refieren como shell mound o kitchen midden. En este artículo Uhle informa cómo Charles Darwin, al encontrarse con estos cerros de conchas de hasta diez metros de altura en las playas de Bellavista, supuso que se trataban de formaciones naturales producidas por el descenso del nivel del mar durante la última deglaciación. En 1904, Uhle practicó un foso en un conchal y encontró diversas especies mezcladas con ceniza en todo el perfil excavado. Por esa época, el investigador alemán recibió información de los extensos conchales que habían entre Chilca y Mala y en la desembocadura del río Ica. Lamentablemente, Uhle no contaba con las herramientas que la arqueología dispondría medio siglo más adelante, y que permitirían escribir la verdadera historia de estos fabulosos desechos domésticos. Sin embargo, aventura esta frase: “...nos inclinamos a pensar que en su primer origen, eran más antiguos que los vestigios más remotos de civilización verdadera en el Perú”.
Edward Lanning, quien dedicó gran parte de su vida a estudiar las primeras poblaciones costeras del Perú, descubrió en la desembocadura del río Chillón, al norte de Lima, el asentamiento más temprano de la costa. El lugar poseía una antigüedad probada de entre 12 y 14 mil años y fue bautizado con el nombre Chivateros, un taller paleolítico donde el hombre primitivo trabajó la cuarcita de forma tosca para hacer puntas de cuchillos rudimentarios. Aunque no se han encontrado restos orgánicos, su cercanía al mar hace deducir que estos primeros hombres tuvieron una estrecha relación con el océano.