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Una cultura de agua

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La tarea de llevar el agua desde sus fuentes en los Andes hasta el desierto, a través de valles y quebradas, fue una de las principales ocupaciones del hombre de la costa norte. La ausencia de lluvias en la costa, tras su desertificación hacia los 5.000 a.C., creó la necesidad de los recién formados pueblos costeros de represar las aguas que bajaban de los Andes y canalizarla hasta sus valles. Ya los Cupisnique, que se establecieron en Lambayeque y La Libertad entre los 800 y 200 a.C. construyeron reservorios y canales primitivos que luego fueron ampliados y perfeccionados por los mochicas, lambayeques y chimúes, que gobernaron la región hasta la llegada de los incas. Larco Hoyle encuentra que sus principales puntos de captación estaban en las márgenes del río Jequetepeque, con lo que lograron irrigar todo el valle de Cupisnique.

Rafael Larco Hoyle realizó un censo exhaustivo de los canales y acueductos del territorio mochica de La Libertad y resalta entre los más extensos el canal de La Cumbre, en la margen izquierda del río Chicama, cubría una distancia de 113 km y abastecía de agua a 6.178 hectáreas. Por otro lado, el canal de Vichansao, aguas abajo del río Moche, destacó por la estructura de sus muros de contención, que formaban un doble trapecio interior, para resistir el embate de las crecidas de verano. Mochicas y chimúes llegaron a construir extensos canales ‘intervalles’ que llevaban el agua de los ríos más caudalosos hasta los valles y pampas vecinas que carecían del recurso. Así, hay noticias de los complejos sistemas que interconectaban los valles de Lambayeque, La Leche y Motupe; los de Supe y Pativilca; o los de Chicama y Vichansao.

Hans Horkheimer, en su obra La alimentación en el antiguo Perú, hace referencia a: “un canal de doble disposición en la hacienda Talambo, entre Pacasmayo y Guadalupe… que derivaba aguas del río Jequetepeque, y que después de hacer un recorrido de unos 30 km, volvía a hacer caer los desagües en el mismo río”. Gisela y Wolfgang Hecker, en su inventario de sitios arqueológicos de la región, anotan que este canal suministraba agua a toda la llanura de Guadalupe y llegaba hasta la actual carretera Panamericana, a la altura del cerro Colorado, donde en la actualidad se está llevando a cabo un importante desarrollo agrícola, gracias a la ampliación de un canal moderno que conduce las aguas almacenadas en la represa de Gallito Ciego. El control del recurso hídrico generó, según María Rostoworoski: “un derecho prehispánico sobre el agua aceptado por las poblaciones serranas y costeñas. No puede pensarse que no existiera un mecanismo instituido por la costumbre y aplicado en casos de conflicto”. Así, la investigadora recoge testimonios de juicios entre caciques costeños y serranos a causa del derecho sobre el agua. Ejemplo de ello es la querella que el régulo de Jayanca, en la costa de Lambayeque, interpuso a su similar de Huambo, quien restringía el flujo de agua a voluntad de forma que el primero se viera obligado a tributar o pagar un “rescate” para poder regar sus campos. En otros casos se señala el control de las bocatomas por los costeños, quienes mantenían poblaciones estables en las alturas o fortificaban las tomas en las secciones altas de los valles.

Bien decía Larco Hoyle al referirse a los logros de los mochicas en el campo: “se puede asegurar que la totalidad de los valles desde las cejas de la sierra y los parajes más cercanos a los cerros rocallosos, hasta los terrenos del litoral cubiertos de guijo y arenas -hoy llamadas pampas-, fueron hermosos campos cubiertos de variadas y soberbias plantaciones de alto rendimiento”.

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