Sembrando en la arena
Sin duda alguna la obra más importante que nos legó el hombre de la costa peruana fue la sabia utilización de los recursos hídricos y del suelo. Esta tecnología -producto de la sistematización de la observación de los fenómenos naturales a lo largo de miles de años- permitió a los primeros habitantes de estas tierras vencer a su entorno y sembrar grandes extensiones de terreno, ganándole espacio al desierto y explotando al máximo la capacidad de los estrechos valles costeros. Hoy, gracias a modernas técnicas de riego tecnificado, los nuevos agricultores del desierto están imitando la audacia de sus antepasados y han recuperado gran parte de tierras que se creían inservibles para la producción agrícola generando un nuevo auge agro exportador en el país.
Pero, comencemos esta historia por el principio. Si bien la primera actividad del hombre costeño fue la pesca, no fue sino hasta la llegada de la agricultura, alrededor de los 5.000 a.C., que este comenzó a agruparse en aldeas y sentó las bases de la civilización. Muchos científicos concuerdan en que fueron hombres llegados de la cordillera quienes iniciaron la domesticación de las primeras plantas. Este hecho se refuerza con la comprobada especialización de los pueblos de pescadores, que restringían su residencia a las caletas costeras, evitando asentarse en los valles. La estudiosa María Rostworoski señala en su ensayo sobre el uso de los recursos naturales en los siglos XVI y XVII que “una constante en todos los documentos sobre la costa en los siglos XVI y XVII es la mención de pueblos de pescadores separados y al margen de las aldeas campesinas”, e indica varias referencias sobre cómo estos pescadores y agricultores intercambiaban sus productos.
Una primera fase de este periodo, denominado precerámico, es la experimentación de la domesticación, realizada a partir de la recolección de frutos seleccionados para asegurar la reproducción de ciertas plantas. Fue el inicio de los primeros cultivos de pallar, frijol y calabazas. La segunda fase agrícola consistió en el dominio de las técnicas de cultivo, entre los 3.000 y 2.000 a.C.. Es aquí que aparecen el maíz y el algodón, dos productos que tendrían una repercusión trascendental en las sociedades prehispánicas. Este periodo culmina con el establecimiento de los grandes templos, como Chavín, en el norte del Perú.
La consolidación de la agricultura trajo consigo el desarrollo de una nueva clase social: la de los sacerdotes capaces de predecir los cambios climáticos y regular las cosechas en contacto directo con los dioses. Esta elite pudo disponer de una gran fuerza de trabajo y se dedicó a la construcción de grandes obras de ingeniería -como extensos canales que conectaban valles, reservorios y acueductos- que permitieran la expansión de la frontera agrícola.
Hacia el año 100 d.C y durante más de cinco siglos, el pueblo mochica gobernó sobre la aridez de la costa norte y expandió su territorio hasta el sur de Piura y el norte de Lima, gracias a un trabajo intensivo del terreno con fines agrícolas. Rafael Larco Hoyle, autor del estudio más importante sobre esta nación, describe hasta tres sistemas de cultivos: en surcos rectos, en terrazas y en forma de caracol; estos últimos, observados sobre todo en Mórrope y la pampa de San José Alto, permitían el uso eficiente del agua, sin dejarla correr por la pendiente. Para el trabajo de roturación dispusieron de herramientas de cobre en forma de espátula y palas que eran acopladas a mangos de madera tallada, de los que se conservan algunas pocas piezas. Larco Hoyle hizo un cálculo usando los vestigios de los canales de irrigación y los campos de cultivo para establecer que los mochicas mantuvieron poco más de 33 mil hectáreas de terreno cultivado en los ocho valles donde se desarrollaron. En cuanto a las técnicas de riego resalta un antecesor directo del riego por goteo que hoy se aplica a la mayoría de tierras dedicadas a la agroindustria. Se trata del uso de calabazas o checos llenos de agua a los que se les practicaba un agujero en la base que se rellenaban con una coronta de maíz para que dejara escapar el líquido a intervalos. Estos recipientes eran colocados en horcones sobre las plantas cultivadas para que mantuvieran húmedo el terreno y permitieran la germinación uniforme de las plantas. Además de las huellas dejadas en el terreno, los mochicas legaron una cantidad importante de cerámica funeraria que representaba sus principales productos agrícolas. Larco refiere que: “la manera naturalista de la representación de los productos alimenticios y la evidencia de su cantidad revelan en la agricultura mochica un esmerado sistema de cultivo”. Se han encontrado piezas que representan con gran realismo los principales cultivos de los moches como pallares, maíz, camotes, papas, zapallos loche, frijoles, maníes, yucas, ollucos y frutas como guayabas, lúcumas, pepinos, guanábanas y pacaes.