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Una tierra de contrastes

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Mórrope y La Leche, acunados sobre las estribaciones occidentales de la cordillera de los Andes. Estos bosques espesos y achaparrados son el hogar de varias especies de fauna en peligro de extinción -precisamente a causa de la pérdida de su hábitat- como el oso de anteojos, la pava aliblanca y una legión de aves restringidas a territorios marcados por la pequeñez y la fragilidad.

Hemos llegado a los límites de los departamentos de Lambayeque y La Libertad, entre las pampas de Reque y Ucupe, cuyas tierras están siendo utilizadas para el cultivo de extensos arrozales -una ironía que se nutre de las aguas llegadas desde la represa de Gallito Ciego. Hoy, lentamente, brotan en los campos el algodón, los pimientos y los frutales, gracias a la iniciativa de nuevos agricultores decididos a aprovechar de manera sostenible y eficiente un lugar que, hasta hace poco, era tierra y rocas con algunas colinas dispersas que se recortaban a la distancia, como Cerro Prieto y Cerro Colorado. En este punto es posible apreciar el gran cambio que el ser humano ha provocado en el paisaje, esta vez con buenos propósitos.

Abandonando las viejas teorías sobre la importancia del sustrato para sembrar -es decir, la tierra húmeda y cercana a los ríos- los empresarios de esta parte del país están invirtiendo en modernos sistemas de irrigación para ganarle terreno al desierto y aprovechar el auge de nuestros productos de exportación. De esta manera, cuando uno viaja con rumbo norte por la carretera Panamericana, observará cómo progresivamente el horizonte se llena de verde a ambos lados del camino… un sueño que parece cada vez más cercano.

Es tiempo de regresar al mar, hacia el litoral liberteño, lleno de afilados acantilados que caen en picada hacia el mar, apenas dejando espacio para algunas playas pequeñas y abrigadas. Aparecen así las puntas de Urricape, Chérrepe, Barco Perdido, Guañape y por último el puerto de Pacasmayo, el más importante de esta región, desde donde se embarcaba la caña de azúcar y el tabaco de las haciendas del valle de Jequetepeque en las primeras décadas del siglo pasado. Valle adentro encontraremos los bosques de Cañoncillo y Jagüey, otro relicto de bosque seco rodeado de dunas de hasta siete metros y algunas colinas bajas. Aquí se han encontrado restos arqueológicos de las culturas Cupisnique, Mochica y Chimú, lo que demuestra la importancia que le dieron los antiguos peruanos a sus bosques, que además de otorgarles productos para su subsistencia evitaban el avance del desierto. Ciencia práctica, bautizada en la actualidad por los teóricos con el nombre de servicios ambientales.

Abandonamos el valle y nos dejamos llevar por el viento cálido hacia un mar de dunas de arena fina, formas onduladas que el viento inventa y destruye cada día. Aquí el sol calcina la superficie y las rocas se quiebran con los grandes cambios de temperatura que marcan el día y la noche. No obstante, aun aquí, algunas criaturas han establecido su hogar. Se trata de recios sapotes y palo verdes, salpicados de algún que otro algarrobo disperso que se aferra en medio de la arena. Con ellos, la vida encuentra cobijo -en el sentido más amplio del término- y empieza la terca lucha por la supervivencia.
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