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Trujillo & Chiclayo, Tierra de Contrastes

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Quien piense en el desierto costero como una franja interminable de arena está completamente equivocado. Aquí la naturaleza ha desplegado toda su sabiduría y ha hecho posible el desarrollo de cientos de criaturas adaptadas, a través de un proceso que tomó millones de años, a la supervivencia en este ambiente hostil y extremo. Algarrobos, faiques, espinos, sapotes, zorros, iguanas, decenas de aves -e incluso el ser humano- han aprendido a vivir entre las dunas y los valles estrechos, aprovechando cada gota de agua para subsistir y modificando sus hojas, cortezas o pieles para resistir los embates de la sequía, el viento y el sol intenso.

La actual franja costera que se extiende entre los departamentos de La Libertad y Lambayeque se formó hace aproximadamente cien millones de años, cuando la antigua costa peruana se hundió en el océano, llevándose consigo un centenar de kilómetros de la actual plataforma y talud continental. Este fenómeno aceleró la erosión de los ríos costeros, ensanchó sus valles, profundizó sus cauces y amplió sus cursos, abriendo un breve espacio para la vida. El resultado es una extensa franja desértica salpicada por verdaderos oasis que conforman ríos como Moche, Virú, Jequetepeque, La Leche y Zaña. En estos valles, estrechos y extremadamente fértiles, el hombre logró un impresionante desarrollo social que culminó en los señoríos de Mochica, Chimú y Lambayeque, soberanos absolutos de gran parte del norte peruano en sucesivos periodos históricos.

Pero partamos en un viaje imaginario a través de este territorio de contrastes desde el mar, como llegados en una balsa de madera, al igual que lo hiciera el mítico Naylamp o Tacaynamo, antiguas divinidades norteñas que -según cuenta la leyenda- llegaron de muy lejos para reinar sobre la hostilidad. Anclemos pues nuestra embarcación en una solitaria playa de este sinuoso litoral y dirijámonos hacia el levante en busca de los seres que habitan entre las dunas y los algarrobos.

De norte a sur, encontraremos primero una extensa lengua de arena de cien kilómetros de ancho: el extremo meridional del desierto de Sechura, uno de los lugares más áridos del planeta, ubicado entre los departamentos de Piura y Lambayeque. Esta región baldía se angosta significativamente hacia el puerto de San José, que marca el inicio de los valles de Lambayeque, Zaña y La Leche, donde se encuentra la ciudad de Chiclayo. A pesar de que el 63% del territorio de Lambayeque está dominado por el desierto, es uno de los territorios más fértiles del país, a causa de la periódica disponibilidad del agua y su relieve de suaves pendientes que ha hecho posible grandes obras de irrigación.

Si nos adentramos hacia el este encontraremos los densos bosques secos de Pómac y Batán Grande, dos áreas protegidas por el Estado para preservar especies como el algarrobo, de suma importancia para el hombre de la costa desde tiempos ancestrales. Se estima que hasta antes de la Conquista, las extensas pampas de Palo Grueso, El Salitre y Mariposa Vieja -parte del desierto de Sechura, al norte de Lambayeque- estaban cubiertas por estos bosques que proveyeron madera, alimento, forraje y leña a los pueblos prehispánicos. Lamentablemente, los conquistadores, empeñados en surtir de carbón y madera a la naciente Ciudad de los Reyes, acabaron con estos árboles y colaboraron con la creciente desertificación de la costa. Más allá de estos bosques, con rumbo este, se inicia una región de colinas. Es aquí donde nacen los ríos Olmos,

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