Nostalgia de trujillo
A pesar de que viví muy pocos años en Trujillo nunca dejo de
pensar en esta ciudad. La llevo en la piel. Mis recuerdos son
algo extraordinario, sobre todo la parte urbana de la ciudad. La
recuerdo enorme, como siempre cuando uno es chico. Todavía
puedo distinguir la vieja muralla que cercaba la ciudad, que
comencé a descubrir por pedazos, porque ya la estaban derribando
cuando yo era niño para comenzar con la expansión de la ciudad.
Recuerdo los grandes trenes que cruzaban hacia los puertos,
algunos cargados de caña, otros con pasajeros. Trujillo es una
ciudad hecha de anillos que rodean al centro, esa es una de sus
principales riquezas arquitectónicas.
Por esos años Trujillo estaba convulsionada por las grandes
manifestaciones políticas. Estaba Haya de la Torre con sus miles
de seguidores cuando el APRA era todavía un movimiento joven.
Siempre te encontrabas con grandes grupos de gente en las
plazas y yo no sabía por qué estaban ahí. Trujillo ha sido siempre
una ciudad enardecida, recuerdo que mi familia siempre acudía
a estas manifestaciones.
Yo amo a Trujillo, porque es la ciudad donde vivieron mis padres y
mis hermanos que juntos conjugaron algo extraordinario conmigo.
Sin embargo la recuerdo más a través de lo que yo imagino que
por lo que viví. Por eso me gusta decir que la llevo en la piel, ya
que cuando uno lleva las cosas en la piel estas son mucho más
grandes, más infinitas. Es esta la razón por la que he querido dejar
en esta ciudad el Museo del Juguete y el Museo de Arte Moderno,
como una manera de retribuir esa nostalgia infinita.
Cuando recuerdo esos años en el norte pienso en los olores del
desierto costeño, de San Pedro de Lloc y Pacasmayo, pasando por
Paiján y llegando a Trujillo. Hay un olor especial en todo eso. Siempre
que regreso trato de caminar por Trujillo, sobre todo para tratar de
recordar como me sentía entonces, cuando era niño. Tratando de
recordar como era yo ante estos edificios que veía gigantescos.
Yo nací en una casa que estaba junto al colegio Modelo y cerca
del camal, en la única calle que conducía al cementerio, razón
por la cual todos los muertos de la ciudad pasaban por la puerta
de mi casa. Vivíamos al lado de un carpintero que hacía cajones
de muerto; nosotros le robábamos los cajoncitos de niño y le
poníamos ruedas de madera para hacer un carro.