Vida silvestre en papel fotográfico
Una foto puede ser tan poderosa como para hacer que alguien cruce
medio mundo y visite un lugar especial; una foto puede también hacer
que esfuerzos locales encuentren resonancia y apoyo en la comunidad
internacional. Puede hacer que la gente de las ciudades valore y hasta
ame criaturas y paisajes que nunca ha visto, o que antiguos pueblos
compartan sus tradiciones con el mundo y obtengan recursos para lograr
una vida más justa y mejor.
Enero de 1985. Érase una vez un gringo en un aeropuerto
Todo comenzó con una fotografía. La primera imagen que tuve del Manu
apareció en las relucientes páginas de un libro editado en Barcelona,
España. Era un volumen dedicado a los parques nacionales del Perú escrito
por Carlos Ponce y Marc Dourojeanni, maestros -y después colegas- de
la conservación de la naturaleza en el Perú. La obra daba cuenta de las
principales áreas naturales del país adornada con estupendas imágenes
de algunos pioneros de la fotografía de vida silvestre en el continente.
Pero no fueron los nevados, las dunas barridas por el viento o las agrestes
serranías las que captaron mi atención. Fueron las playas de arena blanca
emergiendo tímidas en medio del verde inmenso del bosque las que me
cautivaron; los caimanes, jaguares y bandadas de guacamayos acechando
entre los árboles enormes... tenía que visitar algún día ese paraíso.
Tras meses de infructuosas averiguaciones recibí la noticia de que
un científico gringo que trabajaba en el Manu pasaría por Cusco para
abastecerse en su camino hacia la selva. Una fría mañana serrana planté
toda la obstinación de mis dieciséis años recién cumplidos en la sala
de pasajeros del aeropuerto Velasco Astete de la ciudad imperial en
espera de abordar al susodicho. No fue difícil. Al cabo de unos minutos
los recién llegados dejaron el terminal casi vacío, con excepción de un
curioso personaje que traqueteaba abstraído las teclas de su computadora
portátil sentado sobre una ruma de bolsos de lona y cajas plásticas.
-"Hola ¿Usted debe ser el doctor Charles Munn, no? Yo soy Walter, quisiera
llegar al Manu y puedo trabajar como voluntario a cambio del transporte y la
comida". Atónito, me miró un segundo y volvió a su teclado. -"Nos quedamos
tres meses ¿tienes tanto tiempo?"-, respondió. -"Claro, puedo hacer lo que
se necesite- dije apurado, tratando de sonar como lo que me imaginaba
debía parecer el asistente de un investigador. -"Salimos a las dos"-, asintió
esbozando una leve sonrisa sin despegar los ojos de la pantalla.
Unas horas más tarde estaba encaramado en un camión que crujía
mientras avanzaba con dificultad a través de la polvorienta trocha que se
tragaba las amarillas montañas de Huancarani. Estaba rumbo al Manu.
Finalmente iba a conocer ese mágico lugar que me había embrujado
meses atrás. Pero no iba a ser tan sencillo. El viaje duró siete días y sus
noches y puso a prueba mi resistencia y la de mis compañeros: el doctor
Munn y un par de estudiantes de biología de la Universidad de Princeton
que no hablaban ni pizca de español.