Islas Chincha: Historias entre el guano
Como otras islas de nuestro litoral, las Chincha fueron visitadas con regularidad por los antiguos pobladores andinos tanto para abastecerse de guano, ese valioso abono natural constituido por las deyecciones de las aves guaneras, como para rendir tributo a algunas divinidades. De lo primero existe información relativamente abundante tanto en crónicas y reportes coloniales como en documentación posterior; de lo segundo hay algunos restos materiales que fueron saliendo a la luz a mediados del siglo XIX. El más antiguo de ellos habría sido una vasija de barro encontrada a más de cien pies debajo del nivel superior del guano y remitida al Museo Nacional en 1851. Lamentablemente, no tenemos más información sobre esa pieza, pero debió preceder en varios siglos a los restos de la cultura mochica ubicados a sesenta y dos pies algunos años más tarde; así como a los de la cultura Chincha hallados a unos treinta cinco pies. Tales testimonios permiten deducir no solo que la presencia humana en estas islas se remonta a más de un milenio, sino que además fueron visitadas por navegantes de la costa norte peruana.
A partir de 1841, las Chincha fueron centro de una febril actividad centrada en la exportación del guano, motivando una creciente presencia de funcionarios, trabajadores y naves. Para los primeros fue necesario edificar algunas oficinas y casas; para los segundos se levantaron galpones y un pequeño centro urbano; y para las últimas se hizo imprescindible construir muelles, facilidades de carga e incluso un hotel para brindar cierta comodidad a sus tripulantes durante los largos periodos que debían pasar frente a las islas a la espera de poder recibir su valiosa pero pestilente carga.
Poco queda de esas edificaciones, más allá de lo representado en algunas ilustraciones, pero lo que sí ha llegado a nuestros tiempos son diversos testimonios de lo que fue la vida en las islas. Como es natural, algunos de ellos describen eventos alegres, como las reuniones y fiestas dadas a bordo de los buques aguardando carga; otros muestran el lado oscuro de ese periodo de prosperidad falaz, señalando las terribles condiciones de vida de los presidiarios y colonos chinos empleados en esa labor; y no faltan las que se reducen a dar información sobre la cantidad de guano extraída o los sucesos de orden internacional que tuvieron a las islas como protagonistas.
Uno de los personajes interesantes que pasó algún tiempo en las islas fue el joven irlandés William R. Grace, quien llegó a construir un verdadero imperio comercial multinacional a partir del buque almacén que estacionó en esas aguas en 1856. Su correspondencia muestra la intensa vida social que se desarrolla tanto en las islas como en las naves, en el marco de la cual conoció a Lillius Gilchrest, hija del capitán del buque norteamericano Rochambeau, con la que contrajo matrimonio algunos años más tarde. La joven pareja se estableció en el buque almacén, donde nacieron sus primeros hijos, pasando luego a residir en Nueva York, ciudad de la que Grace llegó a ser alcalde en dos oportunidades.
De distinto género fueron los informes sobre las condiciones de trabajo en las islas. La explotación guanera fue iniciada con mano de obra local contratada, pero la demanda del abono llevó a incrementarla destinando primero presidiarios a cumplir su condena trabajando en las islas, y a partir de 1849 con colonos chinos, que eventualmente llegaron a constituir más de la mitad de la fuerza laboral. Es innegable que la vida para estos hombres fue bastante dura, llevando a algunos de ellos, especialmente entre los chinos, a buscar un escape a través del suicidio. Algunos de los que estuvieron en las islas durante ese periodo, como Lillius Grace, dejaron testimonio de estos hechos. Ricardo Palma, uno de los más destacados escritores peruanos y autor de las célebres Tradiciones peruanas, en ese entonces un joven contador de la goleta de guerra Libertad, que ancló durante dos años en las islas, fue también testigo presencial de estos acontecimientos.